Turismo, Cultura y Políticas Culturales (I)

Fuente: Boletín Turístico
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Turismo versus Cultura


Aparentemente, hay una cierta amalgama de conceptos, ideas, perspectivas, y proyectos en los que las palabras turismo y cultura se mezclan, sin definición clara de sus fronteras ni de su propia entidad. Un breve repaso a noticias y documentos sobre cultura o sobre turismo, nos puede dar idea clara de la interrelación, a modo de danza, que se produce entre las dos acepciones. Visto como una madeja, en la que la confusión de los hilos no nos permite acertar ni tan solo sus colores, se suele, sin más, juzgar el conjunto de la mezcla, para – normalmente - descalificarla. Con una cierta paciencia, convendría, quizás, ir tirando de hilo en hilo hasta saber qué es qué y luego, con sentido común, hacer los nudos que convenga allá donde sea necesario.



Para muchos, la intrusión de la palabra turismo en el ámbito de la cultura no es más que el paradigma de la irrupción del mercado más abominable en las más puras esencias identitarias. Esta visión apocalíptica tendría su base en conceptos más estéticos que sociales de la cultura. Es obvio que la horrible visión de un grupo de turistas, con sus indumentarias espectaculares y sus fotografías compulsivas, en el marco de un yacimiento arqueológico o un museo subleva a más de uno, generalmente a aquellos que entienden la cultura o el patrimonio como un bien exclusivo de los expertos.



Mate de plata cincelado y repujado de Jorge Abel Lossada, artesano de Mercedes (Corrientes). Obra seleccionada en el mes de febrero por el jurado para certificar el Reconocimiento de Excelencia UNESCO para Productos Artesaneles del MERCOSUR


Un poco más allá, en los límites de lo sacramental, nos encontraríamos con otros que niegan el turismo – el ejercicio de satisfacer nuestra propia curiosidad - como un derecho más de cualquier persona. Esta visión estaría anclada en los viajeros – ricos, cultos y poderosos - de la Europa de los siglos XVII y XVIII, cuyos periplos les otorgaban unprestigio social, que determinados expertos quisieran para sí mismos en el siglo XXI. Naturalmente, hay un enorme abanico de posiciones ante el turismo, que van desde éstas, más caricaturescas, hasta las más moderadas, que aceptan el fenómeno como producto de los cambios sociales y, en todo caso, admiten su estudio o su consideración en el entramado de la cultura.



Hay que hacer notar, sin embargo, que en esta hipotética graduación de la agresividad hacia el turismo, abulta más la franja de la incomprensión que la de la comprensión. Visto con un cierto distanciamiento, parece que el turismo, por su novedad como fenómeno social amplio y por su impacto físico en los espacios culturales, haya puesto en evidencia, descarnadamente, que sí existe mercado en la cultura y que, además, siempre lo hubo, aunque nada ni nadie lo hubiera mostrado de forma tan notoria.



Bien está pretender preservar la cultura de las ingerencias del poder de cualquier índole, incluido el económico, pero ello no nos puede llevar a concluir que solamente ahora, por la vía del mercado del turismo, existe tal ingerencia. Negar que en la literatura, la pintura, el cine, el teatro y un largo etcétera de ámbitos culturales hay y siempre hubo notable influencia del mercado – y de otros poderes- , parece. como mínimo, ridículo.




No hace falta remontarse a las pinturas rupestres –en las que algún tipo de poder influiría muy probablemente – ni a discernir sobre si todo nuestro patrimonio literario es el que es o si falta en él todo cuanto no superó el nihil obstat del poder religioso y económico pretérito. No es , tampoco, necesario acudir a subastas en Londres o Nueva York para ver a Gobiernos recuperar, comprando, su patrimonio más emblemático puesto a la venta por expoliadores. Naturalmente es estéril, también, hurgar en la historia de los mecenazgos y de las prebendas de los pintores más aclamados, para llegar a la conclusión de que siempre hubo mercado en el contexto de la cultura y que éste no fue el único poder que la mixtificó y la mixtifica actualmente.



La constatación de la existencia e influencia del mercado no supone, indudablemente, la aceptación de éste como rector indiscutible de los procesos culturales. En todo caso, está claro que no se puede considerar al mercado como el instrumento de selección de lo bueno y lo malo, de la calidad objetiva de la expresión cultural. No se defiende aquí que solamente aquello consumible vorazmente por las masas, tenga contenidos culturales significativos, ya que, precisamente, en el contexto en que vivimos, la aceptación masiva de determinadas formas de cultura es síntoma inequívoco de su escasa calidad.




Ciudadanos y turistas

El movimiento de 900 millones de personas – sin contar los que se desplazan tan solo un día- por todo el mundo, genera, lógicamente, un espacio económico de dimensiones inimaginables. El mercado del viaje, en crecimiento casi exponencial desde hace más de cuarenta años, es un apetitoso bocado para los negocios y uno de sus componentes, en la oferta, es el conjunto de valores culturales, tangibles e intangibles, de cada destino turístico. Si circunscribié ramos los contenidos culturales exclusivamente a un componente del mercado, estaríamos, como resulta obvio, ubicándonos en el espacio más extractivo de la perspectiva turística. Cabe una reflexión previa a la del simple mercado y que se refiere al derecho de esos curiosos en movimiento , los turistas, a conocer otras culturas e interaccionar con ellas. No se trata aquí de como se debe producir esa interacción – tema complejo, del que se tratará más adelante - sino de un principiobásico de reconocimiento del turista como ciudadano que pretende descubrir algo más allá de su limitado espacio de supervivencia habitual.




Aún a pesar de que pueda considerarse como una obviedad innecesariamente destacada en estas páginas, la valoración del turista como un ciudadano más en su relación con los espacios de la cultura, implica la crítica a una praxis habitual y extendida, que establece dos perspectivas distintas en la transmisión de los contenidos culturales al visitante o espectador; una, la más cuidada y extensa, parece estar dirigida exclusivamente al ciudadano local o al experto , mientras que la segunda, más superficial y en ocasiones meramente folklórica, está destinada al turista. Es decir, la banalización no parte ya de una exigencia del ciudadano foráneo, sino de una suposición definitivamente aceptada de que debe construirse algo de segundo orden, de menor valor y rigor, para el consumo turístico. De este erróneo enfoque conceptual parte una gran tradición, de alto riesgo, de transformació n de la realidad cultural - en lugar de unaadaptación mucho más sensata – para el uso de las hordas turísticas. En realidad, esta tendencia hacia la transformación banal está superando con creces otras perspectivas, de manera que también afecta a todos cuantos se aproximan a la cultura con una cierta voluntad de rigor y profundidad.




Circunscribiéndonos al ámbito que motiva este documento, el ciudadano-turista se ve abocado, generalmente sin alternativas posibles , a una tipología de contacto cultural de menor valor del que objetivamente le correspondería. Tal es así que de la misma palabra turismo ha derivado un adjetivo – turístico - que viene a definir algo de menor trascendencia, banal, superficial o, cuanto menos, indigesto. No es menor el grado de descalificació n del turista, que en un ejercicio de sublimación de la identidad autóctona, se ve tratado de idiota con maletas en casi todos los continentes e idiomas – guiri, musungu o pixapins -.



La consideración hacia un ciudadano que viene, generalmente desde muy lejos, para contactar de alguna manera con nuestra cultura, merecería un tratamiento más amable. Los fundamentos de esta tendencia hacia la banalización no tan solo deben buscarse en los aspectos de mercado, sino que tienen raíces profundas y muy asentadas en la educación y la información o desinformació n. La aproximación del ciudadano , no solo el turista, a la cultura está íntimamente relacionada con su substrato educativo y con el valor real del conjunto de informaciones a las que puede acceder.


Es muy fácil - y desafortunadamente muy habitual – achacar exclusivamente la banalización a la calidad del ciudadano-turista, cuando en la mayoría de las ocasiones, la génesis de esta turistización de los componentes culturales tiene mucho que ver , simplemente, con los intereses de quienes intervienen como intermediarios o generadores de producto en todo el ámbito turístico. Es decir, tiene que ver con el mercado; y los gestores de los negocios turísticos se relacionan con los gestores de la cultura para que todo ello sea tal cual es. Podríamos intentar averiguar si fue primero el huevo o la gallina, pero sea cual fuere el resultado de la investigación, la evidencia es que, en todo caso, el mercado turístico ha contado y cuenta con la aquiescencia – por desidia, ignorancia o interés – de alguna parte del mundo de la cultura.



¿Quién paga la fiesta? En esta perspectiva del turista como ciudadano que desea satisfacer su curiosidad, cabe una primera consideración económica – todavía no relacionada con la pura explotación comercial del fenómeno turístico – y que se refiere, fundamentalmente, a los costes sociales y económicos que soportan los territorios visitados. Desde la magia de los tradicionales operadores económicos – presentes en todos los sectores de la sociedad – se suele presentar al turismo como una panacea universal que generará riqueza instantánea y, por tanto, se tiende con total frivolidad a considerar que los costes del territorio son sufragados ampliamente por la dinamización que supone la irrupción turística.



Ello puede ser así en la estereotipada visión estadística de que si tu comes un pollo y yo ninguno, el promedio da medio pollo por cabeza. En todo caso, una primera consideración de costes debe hacerse al entorno de las infraestructuras y de losservicios públicos que precisa el visitante - que tienen generalmente una dimensión muy notable - y que son soportados por las administraciones del territorio. Éstas no se nutren, generalmente, de la mayor parte de los ingresos de la actividad turística. Este proceso puede llevar a lo que se conoce como “subvención” al visitante.



Es decir, si el territorio no dispone de mecanismos de rentabilizació n de los flujos turísticos o si no está prevista alguna fórmula que permita sufragar los costes de infraestructuras y servicios directamente usados por los turistas, más los costes de minimización de los impactos sociales y medioambientales de la alta densidad turística, la situación resultante – en una evaluación coste/beneficio - significa una pérdida real para el territorio. No así para los gestores de los flujos turísticos y para algunos de los elementos culturales que se utilizan en la atracción turística, pero sí para el conjunto del territorio y su población.



Parece evidente que en el difícil entramado de la planificación turística, por su transversalidad, puedan ser tenidos en cuenta tantos parámetros y tantos aspectos, que algunos consideran marginales. Cabe, sin embargo, una reflexión previa al inicio de la actividad turística – si ésta no se supone como una obligación o milagro económico – y que es la planificación a partir de lo que podríamos definir como el derecho al no; es decir, el derecho a rehusar esta actividad si no existen garantías para la población local de que todo ello va a mejorar su calidad de vida y, naturalmente dentro de este concepto, su identidad y evolución cultural.



No se propone aquí, ni tan solo se aconseja, desestimar la actividad turística, pues en muchos lugares ésta es una de las opciones con mayor poder de generar desarrollo, frente a otras mucho más mediatizadas, como la agricultura, la industria o la ganadería. Sí, sin embargo, se sugiere unaextremada prudencia – desafortunadamente inhabitual – en la planificación del desarrollo turístico, de manera que éste resulte globalmente beneficioso para el territorio y sus habitantes y éstos, además, sean conscientes de los cambios que se van a producir con motivo de la actividad turística. Al menos, en el primer estadio de esta reflexión, sí hay que garantizar que los costes básicos generados por la actividad turística estén, de una u otra manera, sufragados por la misma actividad.


Damia Moragues - Consultor internacional en turismo cultural y desarrollo de productos.

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